Arte Espacial

En su afán por comprender el universo, la exploración espacial es también una forma de estudiarnos a nosotros mismos. En este artículo Jacobo Zanella presenta proyectos de arte en el espacio que, desde la multiplicidad de sus soportes, lanzan la posibilidad de explorar nuevos territorios de la sensibilidad, nuevas concepciones del tiempo y el espacio. Cabría preguntarse si el arte fuera de la Tierra está condenado a repetir las jerarquías y modelos de este planeta.

Desde los primeros vuelos orbitales, más de un astronauta ha manifestado la importancia de enviar al espacio a un escritor o a un artista. Las sensaciones que el espacio provoca solo las han sentido unas seiscientas personas, la mayoría rusos y estadounidenses que «combatían» por la primacía durante la Guerra Fría. Hasta ahora, las impresiones sensoriales e intelectuales que de esos viajes tenemos han sido descritas por militares, científicos e ingenieros, nunca por un humanista. El arte, sin embargo, no necesita de la experiencia presencial para existir.

A lo largo de la historia han existido innumerables casos en los que el artista expresó algo que no podía ver o sentir —porque no existía o porque era imposible presenciarlo—, como las representaciones de sueños o leyendas. (En Judith decapitando a Holofernes, por ejemplo, Artemisia Gentileschi parte de un texto del Antiguo Testamento, su identificación personal con la historia y otros cuadros que de la misma escena se habían pintado anteriormente. En El baño turco, Ingres recurre a la imaginación, a fragmentos de su propia obra y a una descripción en Cartas de Oriente, el libro de Lady Montagu que narra una escena de un baño de mujeres en Adrianópolis.)

Pero eso podría cambiar en 2023, la fecha programada para el primer vuelo civil de SpaceX a la Luna, en el que viajarán el millonario y coleccionista de arte japonés Yusaku Maezawa y un grupo de artistas que él seleccionará e invitará «en representación de la Tierra», para posteriormente exhibir las obras creadas en el viaje o inspiradas en él. Durante el trayecto de una semana, «un pintor, un músico, un director de cine, un diseñador de moda, un bailarín, un novelista, un escultor, un fotógrafo, un arquitecto… algunos de los grandes talentos de la Tierra viajarán a bordo de una nave espacial y se inspirarán de una forma que nunca lo han hecho antes», dice el sitio web de Dear Moon, el primer proyecto de arte global de esta naturaleza.

La primera obra de arte que reflexiona sobre el espacio exterior y viajó fuera de la Tierra fue The Moon Museum, un diminuto azulejo de 1.4 x 1.9 centímetros que el escultor estadounidense Forrest Myers envío en secreto en el Apollo 12 en 1969 (puesto que la NASA no permitía ningún tipo de objeto o experimento que no tuviera fines prácticos o científicos) y que desde entonces permanece en la Luna. La pequeña cerámica tiene dibujos de Andy Warhol, Claes Oldenburg, David Novros, Robert Rauschenberg, John Chamberlain y del mismo Myers. Desde entonces, numerosas obras de arte han sido enviadas al espacio —escultura, pintura, dibujo, música— en un primer intento de producir arte en la Tierra para ser enviado fuera de ella, aunque no arte creado en el espacio.

El arte espacial —o astroarte, como también se ha llamado— podría dividirse en categorías muy generales, que el artista estadounidense Arthur Woods ha explicado así: arte que representa la exploración espacial, arte diseñado para su realización en el espacio, arte en la Tierra que es visto desde el espacio, arte que se realiza en el espacio, arte diseñado para hábitats espaciales, arte que se adhiere a naves o satélites, arte que depende de tecnologías espaciales y arte performativo que se realiza en el espacio o en ambientes de microgravedad.

Así que no todo el arte espacial sucede fuera de nuestro planeta: lo más común es lógicamente lo opuesto. La reflexión a partir de experiencias no terrenales también puede ser el punto de partida de una obra de arte destinada a la Tierra.

En 2014, nueve artistas mexicanos experimentaron unos segundos de ingravidez en el Centro de Entrenamiento para Cosmonautas Yuri Gagarin, en Rusia. A partir de esa experiencia realizaron una serie de obras que después se exhibieron en México con el título «La Gravedad de los asuntos», un proyecto que reflexionaba sobre la gravedad como ley de la física, pero también como concepto. Participaron Arcángel Constantini, Nahum, Alejandra de la Puente, Fabiola Torres-Alzaga, Gilberto Esparza, Iván Puig, Juan José Díaz Infante, Marcela Armas y Tania Candiani. «La gravedad es la que da ordenamiento al espacio y al tiempo. Las actividades espaciales sirven para estudiar el universo, pero también a nosotros mismos. Uno de los aspectos que queríamos estudiar era la presencia de la gravedad en la cultura: estudiamos cómo la gravedad está en el lenguaje y cómo muchas construcciones culturales se vinculan con la idea de peso y ligereza», dice Nahum, el director del proyecto.

También ha habido obras anónimas que tienen más significado para los astronautas que como piezas de arte públicas; objetos estéticos sin una practicidad aparente. Valentín Lebedev, cosmonauta ruso, describe en su diario de 1982 un cuadro que tienen colgado en la estación espacial. Llevan doscientos días ininterrumpidos orbitando la Tierra, y dice: «Tenemos un cuadro estupendo colgado en la pared de la estación. Lo pintaron los compañeros que la construyeron. Siento que refleja a la perfección nuestra vida a bordo. Muestra a un vaquero solitario atado a una cruz, con una pistola montada en la parte de arriba, apuntando hacia él. Tiene atada una cuerda que va del gatillo de la pistola a un punto que no puedo mencionar. Frente al vaquero se inclina una hermosa mujer desnuda que lo tortura con una mirada provocadora. En el fondo se ve el caballo del vaquero; de sus ojos caen lágrimas compasivas, pues entiende el dilema de su amo. En cierto modo creo que vivimos de la misma manera en la estación, incapaces de darnos un gusto».

Las agencias espaciales han sido muy cuidadosas sobre el arte que se envía al espacio, pues es probable que después los artistas se beneficien con él. Fue el caso de Paul van Hoeydonck, que envió una escultura a la Luna a través del programa Apollo de la NASA y después vendió 950 piezas idénticas con un valor total de más de setecientos mil dólares. Se desconoce si el artista lo tenía planeado y si la NASA conocía estas intenciones. Desde entonces han entrado en vigor una serie de restricciones y requerimientos técnicos y económicos para que alguien ajeno al programa espacial pueda mandar arte al espacio, pues en teoría cualquier persona podría hacer una solicitud para enviar objetos a bordo de las naves de reabastecimiento o tripuladas que visitan la estación espacial con regularidad.

Aunque estas restricciones se han suavizado un poco con los años, también la demanda ha aumentado, es por eso que la mayoría de los proyectos de arte espacial están sucediendo desde la Tierra o con recursos que no dependen de las agencias espaciales —por lo que no tienen que someterse a su escrutinio. En 2016, la artista australiana Joyce Hinterding, en colaboración con David Haines, desarrolló un proyecto de arte sonoro, Soundship (descender 1): un grupo de aparatos —cámaras, micrófonos, rastreadores— conectados a un globo llegaron hasta los límites del espacio; el registro del viaje se editó y se convirtió en una obra de cuarenta minutos con una composición de sonido única, reflejo de las situaciones ambientales del vuelo.

Arte Espacial

El arte espacial, como todas las ramas del arte, se ha «democratizado» con el tiempo. Ha dejado de ser algo exclusivo de aquellos que tenían un interés específico en enviar obra fuera de la Tierra y se ha abierto a un universo de artistas emergentes en cualquier región del mundo. Un ejemplo puede ser Aoife van Linden Tol, una artista inglesa que trabaja con explosivos. En 2016 ganó la residencia Ars Electronica Futurelab en la Agencia Espacial Europea con una propuesta llamada Star Storm, un performance inspirado por los procesos físicos que caracterizan la vida de las estrellas. Su concepto no solo explora las nociones sobre la composición del universo, sino que profundiza en nuestra concepción del tiempo y las emociones. La obra consistió en una serie de explosiones, cada una representando de manera abstracta un proceso específico o un fenómeno sucediendo simultáneamente en estrellas distribuidas por todo el universo. Van Linden hizo una investigación previa con los científicos de la Agencia Espacial para conocer más sobre los ciclos, los comportamientos y la producción de luz dentro de las estrellas, incluyendo el Sol.

¿Qué sensaciones producen estas obras en el espectador y qué pensamientos despiertan? La categoría de arte espacial es vasta y compleja, imposible de comprimir en toda su diversidad en una breve muestra. Pero podría haber rasgos compartidos en muchas de las búsquedas artísticas que suceden alrededor del espacio exterior: la imaginación creativa que lleva lo conocido a lo desconocido, que encuentra lo extraño en lo familiar, y el significado que ese proceso despierta en el observador: una poética que no encaja en las posibilidades de lo cotidiano, que nos hace salir de los sitios por los que comúnmente transitamos, modificando o ampliando así nuestra relación con el espacio, el tiempo y la materia. La sensación puede ser de suma extrañeza o de asombro inesperado, y eso es ya emocionante por sí solo, una respuesta estética primaria.

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