La huella del jaguar

Su nombre científico es Panthera onca. Su nombre común, jaguar, que en lengua Tupí-Guaraní significa “el que caza de un salto”. Los españoles de la época de la conquista lo llamaron tigre por asociación con el felino asiático que ellos conocían; este nombre ha persistido hasta la fecha en muchos lugares de México.

Es el depredador más grande del continente americano. Entre los felinos sólo lo superan en tamaño el león (Panthera leo) y el tigre (Panthera tigris). Se calcula que al momento de la llegada de los europeos a América había más de cien mil jaguares que habitaban desde las zonas semidesérticas de Norteamérica hasta los bosques tropicales de Sudamérica.

Jaguar

El jaguar fue un personaje omnipresente en la cosmogonía de los pueblos mesoamericanos. Fue representado en códices, pinturas murales, esculturas, vasijas, máscaras, estructuras arquitectónicas, máscaras, rituales. A menudo vemos jaguares antropomorfos —sentados o haciendo sonar un caracol— y también vemos hombres con rasgos felinos, como muchas de las esculturas olmecas. Hay guerreros jaguares, niños jaguares, chamanes transformados en jaguar, danzas que representan el enfrentamiento con este ser físico y a la vez sobrenatural.

En el libro El pueblo del jaguar: Los olmecas arqueológicos, se afirma que el jaguar fue la base de la religión y de las creencias mágicas de los olmecas; era el guardián totémico o nagual; el símbolo de la tierra, de la noche y de la obscuridad; ancestro de los dioses de la lluvia; e inspiración para otros pueblos que desarrollaron más tarde el culto de los dioses-tigres como Xipe, Tezcatlipoca, Tláloc, Tepeyolotli. La adoración del jaguar se difundió por todas partes en el curso del tiempo; y contribuyó a la formación de sociedades secretas que tenían a este animal como nahual.

El jaguar, que alguna vez formó parte fundamental de nuestra cultura, ahora está en peligro de extinción. Es una especie amenazada que ha perdido aproximadamente 50 por ciento de su hábitat histórico en todo el continente.

Está prácticamente extinto en Estados Unidos, El Salvador y Uruguay. Sus poblaciones están repartidas en 18 países latinoamericanos: México, Belice, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Guyana Francesa, Guatemala, Venezuela, Guyana, Surinam, Paraguay, Colombia, Argentina, Perú, Bolivia y Brasil.

De acuerdo con los censos más recientes, se estima que en México habitan aproximadamente 4,800 jaguares, distribuidos en un territorio que se extiende desde Sonora y Tamaulipas, atraviesa el Golfo de México y la costa del Pacífico y llega hasta Oaxaca, Chiapas y la Península de Yucatán.

Su cacería está prohibida desde 1987, sin embargo, sigue siendo víctima de la caza y el comercio ilegal. Quienes vivimos en las ciudades, lejos de su territorio, contribuimos a la destrucción de su hábitat, y por lo tanto a su extinción, debido a nuestro estilo de vida y nuestros hábitos de consumo.

¿Seremos capaces de volver a mirarnos en sus ojos? ¿De evocar de nuevo su presencia, que alguna vez nos invitó a reconocer la fuerza, el instinto y la fiereza que nos habitan? ¿Podremos recordar que el jaguar fue un espejo, una representación de los dioses, un aliado, un enemigo venerado y temido, un ser con el cual nos sentíamos hermanados? ¿Estaríamos dispuestos, entonces, a protegerlo, a defender su hábitat, a trabajar para restablecer el equilibrio precario que permite la coexistencia de las especies?

Aunque su majestuosa huella vaya quedando en el pasado, su presencia todavía forma parte de nuestro patrimonio natural y cultural. Son muchas las comunidades en las que sigue vivo en leyendas, danzas, artesanías.

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